“Ciudadanos del Centro, del Norte y del Sur del Perú, pueblos de los campas y tribus de los cocamas, capanaguas, mayorumas, cashibos y huitotos: me acompañáis en la exploración más grande que se ha hecho en las montañas de nuestra Patria en los últimos tiempos. Os llevo, como un padre bueno y justiciero, a daros el premio de los montes divinales, que se extienden por donde sale el Sol, allí os daré pólvora y balas para que vuestras escopetas abatan a las bestias. Para que llegue el triunfo pronto y seguro, necesitamos trabajar sin descanso. ¡Manos a la obra!”.

Carlos Fermín Fitzcarrald, comerciante peruano de caucho.

 “Cuando pienso en Fitzcarrald y en sus mercenarios, cuando pienso que esos genocidas eran hombres, me dan ganas de nacionalizarme culebra”

Manuel Córdova, chamán amazónico.

(En la novela Tres mitades de Ino Moxo, de César Calvo)


En el corazón de la selva peruana existe una ciudad llamada Iquitos que está rodeada por tres ríos, como una isla en medio del bosque. Desde su fundación, como puerto fluvial estratégico en el río Amazonas, esta ciudad lleva la marca de una relación extrema con la naturaleza: vive gracias a ella pero la depreda, la ama y la contamina a la vez. El agua acaricia, pero más allá enferma. La armonía inicial que nos hacía asociar estas tierras a la palabra paraíso, ahora es un lugar escondido que se aleja cada día más. ¿Qué queda en su lugar? No una orilla, sino una grieta entre el hombre y la naturaleza, entre la ciudad y el Amazonas: frontera incierta, territorio mágico y voraz.






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