Turistas de todo el mundo visitan Machu Picchu. Asiáticos, europeos, sudamericanos, norteamericanos, hindúes; más de un millón de personas van a la ciudadela inca cada año. Todos buscan algo, desean conectarse con el entorno del lugar histórico. Tal vez no perciban nada, tal vez solo caminen y conozcan el Templo del Sol o el Intihuatana. Sin embargo, la inquietud de experimentar ese lado misterioso, cargado de fuerza y espiritualidad, persiste en los visitantes. Encontrar ese matiz escondido es una tarea más. Posan sus manos sobre diversos monumentos, se quedan quietos bajo el sol o miran a la punta del Huayna Picchu – la parte más alta de la ciudadela – esperando sentir, o por lo menos percibir, aquella dimensión poco conocida de la ciudadela incaica.






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